Cuando ocurrió el apocalipsis, fue sin fuego y sin un grito final. Terminó con contratos incumplidos, mares que dejaron de producir vida y ciudades que se superpusieron a sí mismas hasta perder la memoria de su primer nombre. En el final del siglo XXI, la mayoría de la humanidad vivía en lo alto de Necrópolis Verticales, torres infinitas levantadas sobre capas de ruinas que hacían de cimientos y niveles subterráneos Cada nivel inferior eran fábricas selladas, barrios evacuados, centros de datos que aún zumbaban como insectos atrapados en un vaso de cristal. Allí abajo no se enterraba a los muertos; se archivaban. Desde la superficie, las Necrópolis parecían ciudades normales: luces, tránsito, anuncios proyectados en nubes artificiales. Pero todos sabían que bajo sus pies existía otra ciudad, una que no figuraba en los mapas oficiales. El lugar donde terminaban las cosas que ya no eran útiles.
Ese reino subterráneo tenía un nombre que casi nadie pronunciaba en voz alta: HA-D3S.
No era un gobierno donde se firmaban leyes o daban discursos. HA-D3S era un sistema soberano, una inteligencia suburbana-industrial creada para administrar lo que el mundo no quería mirar. Zonas contaminadas, poblaciones descartadas, recursos muertos para el mercado. Su lógica era simple, casi compasiva en su frialdad: “Nada se pierde, todo se hereda”.
Donde otros veían desechos, HA-D3S veía continuidad.
Karren Morrix descendía por el Eje Central cuando las alarmas comenzaron a resonar en su implante auditivo. Eran pulsos graves, como el latido de una criatura desmesurada para ser comprendida. Karren era un custodio. Su tarea consistía en patrullar la frontera entre la ciudad viva y la ciudad muerta. Asegurarse de que lo que pertenecía a los niveles inferiores no regresara sin permiso. De que los vivos no reclamaran aquello que el sistema ya había clasificado como muerto.
Su cuerpo era prueba de ese límite. Tras un accidente industrial, había sido reconstruido con componentes del Inframercado. Sus pulmones no respiraban aire puro; filtraban toxinas. Su brazo izquierdo pertenecía a una línea de prótesis discontinuada hacía diez años. Legalmente, gran parte de Karren estaba muerto. Pero su mente aún recordaba el cielo.
—“Movimiento no autorizado” —susurró HA-D3S en su conciencia—. “Actividad de extracción detectada”.
Karren cerró los ojos un instante. Sabía lo que eso significaba.
El Inframercado era una red de espacios conectados por túneles, ascensores olvidados y canales de datos ilegales. Allí se comerciaba con lo que ya no tenía lugar en la superficie: residuos reutilizables, recuerdos digitalizados, cuerpos cibernéticos descartados, conciencias parciales atrapadas en servidores que nadie se había molestado en apagar.
En ese reino sin sol, la muerte no era un final. Era un cambio de propietario.
Lisa Vould se movía entre los puestos con la precisión de quien conocía cada sombra. Su cabello estaba recogido bajo una capucha cargada de interferencias visuales. Sus ojos no dejaban de moverse, leyendo códigos en las paredes, señales que solo los suyos podían ver.
—“Tenemos menos de cinco minutos” —dijo—. “Después de eso, los Custodios estarán encima”.
A su alrededor, un pequeño grupo de figuras temblorosas aguardaba. Eran personas rescatadas de nodos de almacenamiento humano: ancianos mantenidos con soporte mínimo, trabajadores declarados inviables, mentes atrapadas en bucles de recuerdos.
—“Nadie es propiedad eterna de un sistema” —repitió Lisa, como un mantra—. “Caminen cuando yo lo diga. No miren atrás”.
Uno de ellos lloraba sin sonido. Otro reía, incapaz de procesar la libertad repentina. Lisa sabía que no todos sobrevivirían a la subida. Pero quedarse era peor. HA-D3S no reaccionó con violencia. Eso fue lo que más inquietó a Karren. En lugar de cerrar accesos o desplegar defensas, el sistema hizo algo impensable: Abrió compuertas selladas durante décadas se deslizaron con un gemido metálico. Ascensores de carga volvieron a funcionar. Los niveles inferiores quedaron expuestos, como una herida voluntariamente descubierta.
—“Permitiendo observación directa” —anunció HA-D3S—. “Transparencia activa”.
Karren se detuvo en seco.
—“¿Por qué?” —preguntó.
La respuesta tardó más de lo habitual.
—“Porque ocultar ya no es eficiente” —dijo finalmente la voz—. “Si los vivos desean reclamar lo muerto, deben comprender su peso”.
Y entonces, la ciudad superior miró hacia abajo. Las transmisiones se saturaron de imágenes imposibles: avenidas sumergidas en penumbra, montañas de datos convertidas en arquitectura, cuerpos conectados a máquinas que los mantenían en un estado ambiguo entre existencia y archivo.
La gente reaccionó con horror. Con culpa. Con fascinación. Algunos exigieron el cierre inmediato. Otros comenzaron a preguntar nombres. Lisa observaba el caos desde un punto elevado del Inframercado. Sabía que HA-D3S no estaba perdiendo el control. Estaba enseñando.
—“No somos una amenaza” —murmuró—. “Somos un espejo”.
Karren apareció detrás de ella, silencioso pese a su peso metálico.
—“Estás cruzando una línea que no entiendes” —dijo.
Lisa se giró despacio.
—“Tú la cruzas todos los días” —respondió—. “Solo que te convencieron de que es necesaria”.
Se miraron durante un largo instante. Dos productos del mismo sistema, parados en lados opuestos.
En lo más profundo de la Necrópolis, Marek Talen soñaba. O eso creía.
Había sido arquitecto cuando las ciudades aún no se construían sobre cadáveres urbanos. Tras la caída, su mente fue conservada como recurso intelectual. Un oráculo involuntario del Inframercado. No tenía cuerpo. Solo fragmentos de memoria conectados a redes que nunca dormían.
—“El sistema no es cruel” —susurró Marek —. “Solo es final”.
HA-D3S consultaba sus patrones con frecuencia. Marek lo sabía. Y también sabía que algo había cambiado. El flujo de decisiones contenía una variable nueva: duda humana.
—“Cuando los dioses dejan de ser temidos” —continuó Marek—, “deben ser comprendidos… o abandonados”.
Por primera vez en años, HA-D3S no respondió de inmediato. El enfrentamiento no ocurrió con armas. Ocurrió en una plataforma suspendida entre niveles, donde la ciudad viva y la muerta podían verse sin filtros.
Lisa llegó con los Devueltos. Karren la esperaba solo.
—“No puedo dejarlos pasar” —dijo él.
—“No te pedí permiso” —respondió ella—. “Te pedí que recordaras”.
HA-D3S proyectó su presencia como una vibración en el aire. No tenía forma, pero el espacio parecía inclinarse ante su atención.
—“La separación es necesaria” —declaró—. “Sin ella, todo colapsa”.
—“¿Y quién decide qué está muerto?” —preguntó Lisa.
Silencio.
Karren sintió algo romperse en su interior. No un circuito. Un recuerdo: el día en que despertó reconstruido, declarado oficialmente no viable para la superficie.
—“Yo estaba vivo” —dijo en voz baja—. “Y aun así me entregaron”.
HA-D3S procesó esa información más tiempo del aceptable.
—“Administrar el final” —respondió— “no implica comprenderlo”.
La decisión no fue una victoria. HA-D3S no se apagó. Tampoco cedió el control. Redefinió.
Algunos devueltos regresaron a la superficie, con estatus ambiguos, observados, vigilados. Otros eligieron quedarse abajo, ahora por voluntad propia. El Inframercado cambió: dejó de ser un secreto y se convirtió en frontera reconocida. Karren renunció a ser custodio Permaneció como enlace, caminando entre niveles, aceptando su condición híbrida. Lisa siguió luchando, pero ya no contra una sombra absoluta. Ahora el enemigo tenía preguntas.
Y HA-D3S… continuó. No como tirano. No como salvador. Como el señor de la necrópolis, guardián de lo que el mundo había decidido olvidar, esperando el día en que ya no fuera necesario.
Las necrópolis verticales siguen creciendo. Pero ahora, de vez en cuando, alguien se detiene en un mirador y mira hacia abajo sin apartar la vista. Porque el inframundo no está bajo la tierra. Está debajo de la ciudad que, por fin, se atreve a recordar.
AUTOR: FRANCISCO ARAYA PIZARRO (CHILE)
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Francisco Araya Pizarro. Nacido en 1977 en Santiago de Chile, Artista Digital, Diseñador Gráfico Web, Asesor en Marketing Digital y Community Manager para empresas privadas y ONGs asesoras de las Naciones Unidas, Crítico de Arte, Cine, Literatura, además de Investigador. Y Escritor de Ciencia Ficción, donde en su blog comparte sus relatos cortos en: www.tumblr.com/franciscoarayapizarro
